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A Luna le duele la vulva (Parte II)

noviembre 19, 2012 Deja un comentario

Hilenis Salinas

SIN TINTA

Sin novio y sin geles, Luna volvió a la clínica especializada en dolor, le sumaron los nuevos síntomas a la historia médica  y le entregaron los resultados de los exámenes.

– El nombre propio de mi enfermedad era Síndrome de Vestibulitis vulvar o SVV.

El SVV lleva ese nombre porque el  centro del  dolor se halla en la sección de la vulva llamada Vestíbulo. Las causas de él pueden ser desde un trauma  por golpes, antecedentes  de una cirugía en la zona vulvar, infecciones, espasmos, irritaciones o  enfermedades como la Diabetes. Luna no recuerda haber tenido ninguno de esos antecedentes, por lo que sigue siendo difícil su tratamiento.

– Ese día caí en depresión. Leí en un foro que las mujeres con Vulvodinia se sentían mejor cuando descubrían la enfermedad, porque dejaban de sentir que estaban enloqueciendo o que el dolor que sentían era culpa de su mente. Pero yo desde que supe que mi enfermedad tenía un nombre, he estado peor.

Luna duró una semana sin ir a trabajar y sin contestar las llamadas telefónicas. Se acostaba en la cama con las piernas abiertas y solo se levantaba para buscar algo de comer. Le parecía increíble estar sufriendo de una enfermedad que coartaba su vida de una manera tan radical; se sentía mutilada e incompleta, pero sobre todo, Luna se sentía desesperanzada.

No era posible- pensaba- que algo que alteraba tanto su vida no pudiera tener una solución. Habían pasado siete meses desde el diagnóstico de su enfermedad y hasta entonces lo único que Luna había conseguido era tener una crisis mayor a las que tuvo antes.

Se había alejado de sus amigos y entonces solo hablaba con su mamá, que vivía en otra ciudad.

– Mi novio me dejó, fingiendo que estaba indignado por no haberle contado nada. En la reacción que tuvo cuando escuchó el nombre de mi enfermedad se vio que lo que lo aterró fue vivir con una mujer como yo. Era obvio que no le iba a pedir que se quedara conmigo, el sexo, que parecía ser lo único que le importaba, ya no lo podría disfrutar igual. Yo debía someterme a estar sola.

Según la NVA, uno de los efectos colaterales de la Vulvodinia es la soledad. Como Luna, cientos de mujeres prefieren el anonimato y la intimidad antes de correr el riesgo de volver a ser rechazadas por su enfermedad.

– Salir con alguien, establecer una relación y tener el temor  de que en algún momento debes sentarte con él y decirle tu pequeño inconveniente es una situación en la que no quería  volver a estar-  concluye Luna, con los ojos cristalizados.

Para efectos de su salud y de su soledad, Luna se mudó a una ciudad más cercana a la clínica de dolores. Tras varios meses de estudios exhaustivos, su médico le pidió que fuera a su consultorio para darle una información importante de su caso.

Luna llegó quince minutos antes de la hora de la cita y la secretaria la hizo pasar en cuanto llegó. Se sentó frente a su médico y lo miró con curiosidad.

– Son los nervios- le dijo él emocionado- dos nervios de tu zona vulvar están en una constante irritación, eso es lo que produce el dolor en el vestíbulo.

Luna lo miró sin el más mínimo asomo de emoción.

– Entonces nos vemos en la próxima cita- se levantó de la silla y salió del consultorio.

No le dijo a nadie ni se alegró. Quedaban todavía más años de tratamiento y dolor, porque tal y como se lo había dicho su ginecólogo, que descubrieran el motivo de la enfermedad tampoco era garantía para su curación.

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Categorías:Hilenis Salinas, Salud

A Luna le duele la vulva (Parte I)

noviembre 17, 2012 3 comentarios

Hilenis Salinas

SIN TINTA

Según la Asociación Nacional de Vulvodinia, NVA, una de cada cuatro mujeres en el mundo sufre de dolor crónico en la zona vulvar. Una mujer puede tardar años en ser diagnosticada con esta enfermedad.

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La Vulvodinia

 

El 31 de diciembre de 2009 Luna Romero fingió un orgasmo por última vez. Simuló una leve convulsión y gimió exageradamente para quitarse de encima a un amante casual que había encontrado en la fiesta de fin de año de su conjunto residencial. Cuando volvieron a la fiesta, ella se fue directamente a casa y recibió el nuevo año, desnuda sobre su cama, adolorida y cansada.

Llevaba cinco años repitiendo la misma escena y estaba quince veces más cansada que la primera vez. Mientras se aplicaba un ungüento en el clítoris, decidió que le daría una nueva oportunidad a su vagina, pero esta vez no con un amante, sino con un profesional.

A Luna le duele la vulva. Cada vez que algo la toca -dedos, uñas, manos, consoladores, penes- siente un agudo dolor que recorre toda su zona pélvica y se le hace realmente insoportable. Nunca ha tenido un orgasmo y las únicas dos veces en que el sexo no le ha dolido, estaba demasiado borracha como para recordarlo. Luna tiene 39 años, es administradora de empresas, está soltera y no sabía que sufre de Vulvodinia.

Pasaron quince años desde su primera relación sexual para que alguien descubriera la verdadera enfermedad de Luna. El primer ginecólogo al que acudió le dijo que su problema era psicológico, este la remitió a un psiquiatra que le recetó  un tratamiento que no sirvió de nada. Entonces este le dijo que era frígida y que por eso no disfrutaba su sexualidad.

– Después de lo que me dijo el psicólogo, fui adonde una experta en sexualidad femenina, para que me ayudara a cambiar esa condición en mí. Fue ella, que no es ginecóloga ni médico, la que me dijo que yo podía estar sufriendo de Vulvodinia.

Al volver a casa, Luna encendió su computador y digitó en el buscador la palabra que su terapeuta le había mencionado: “¿vuldovinea? ¿vulvo qué?” Había olvidado el nombre de la enfermedad, pero el corrector de Google la ayudó. Encontró cientos de páginas que hablaban de la Vulvodinia, y en ellas palabras que se le hacían extrañas, pero con las que debía empezar a relacionarse: soledad, depresión, tristeza, vergüenza…

Según la Asociación Nacional de Vulvodinia, NVA por sus siglas en inglés, una de cada cuatro mujeres en el mundo sufre de dolor crónico en la vulva. Los síntomas de la enfermedad –irritación, dolor, quemazón, entre otros- son tan comunes que se pueden confundir con cualquier infección o enfermedad leve de la zona vaginal.

El ginecólogo Henry Annan, experto en dolores vulvares, asegura que  el costo más alto de la Vulvodinia es la depresión.

– Las mujeres que sufren de esta enfermedad se sienten mujeres incompletas. No pueden desarrollar su sexualidad libremente ni dar placer a sus parejas. Lo que resulta de eso es una mujer que se siente fracasada en su vida personal.

El caso de Luna es un poco distinto, ella sí ha dado placer a sus parejas, pero con el precio de soportar el dolor  y callarlo.

– El momento de la penetración es terrible, lo ves a él disfrutando de estar dentro de ti mientras que tú sientes una brasa ardiendo dentro de tu vagina. Todo te quema, te duele, te arde. Es una experiencia horrorosa.

Después de saber de lo que sufría, Luna asistió a una clínica especializada en dolores. Supo entonces que conocer el nombre de su enfermedad no era suficiente para acabarla: le dijeron que la Vulvodinia, por lo general, era una enfermedad crónica, lo único que podían hacer era disminuir los síntomas.

La receta que le dieron fue más simple de lo que esperaba: mientras le hacían exámenes para definir los motivos de su enfermedad, Luna debía vivir con dos geles, uno analgésico y otro anestésico, que no le solucionarían el problema, pero sí le quitarían el dolor temporalmente.

– Los geles funcionaron muy bien por unos meses. Empecé una relación estable con un compañero de trabajo y me aplicaba el gel anestésico antes de cada relación, seguía sin tener orgasmos, pero siquiera no dolía.

Hasta una mañana en que Luna no se pudo levantar de la cama por el dolor que sentía y su novio la llevó a la clínica más cercana donde le hicieron una historia médica  por “un extraño dolor pélvico”. Cuando Luna corrigió al médico que la atendía, diciéndole que su enfermedad en realidad se llamaba Vulvodinia, su novio la miró aterrado y le preguntó si en verdad existía algo con ese nombre.

Continuará