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Un Juan-ete en los zapatos de Colombia

noviembre 29, 2012 2 comentarios

Jairo Cárdenas

SIN TINTA

En estos días se despertó el sentimiento patriótico de los colombianos tras el fallo -bien fallo– de la corte internacional de La Haya. Los respetables magistrados de la Corte decidieron ceder a Nicaragua más de 160.000 kilómetros cuadrados de territorio marítimo colombiano. Un área donde cabe Antioquia, Vichada y la barriga del recientemente ganador del Grammy Latino Juan Piña. Usted ya se puede hacer a la idea de cuánto perdió Colombia.

Esta decisión desató la indignación del pueblo colombiano, ¡No lo acatamos! Gritaron unos. ¡Hay que reconocer la sentencia! Dijeron otros. ¡Yo sí me dejo quitar los callos! Gritó eufórica Natalia París mientras se quitaba los tacones. ¡Que venga Ortega y me quite el mar si es tan varón! Twiteó el ex presidente Uribe.

Pero mientras que en Colombia nos dábamos golpes de pecho y enviábamos saludos a la señora madre de nuestro excelentísimo señor presidente Juan Manuel Santos, en Nicaragua se prendió la fiesta, el presidente Ortega que acompañaba las uñas que se comía con tragos dobles de tequila, una vez conoció el fallo de la corte declaró día cívico. Dos horas después se le podía ver en el balcón del palacio presidencial con la pantalla de una lámpara en la cabeza, amenazando con lanzarse a la piscina si no le llevaban otra botella. Una fiesta al gusto del presidente y uno que otro vicepresidente que conozco, alcohol, sexo y “aspiraciones”. Aspiraciones políticas, aclaro.

Caricatura El Colombiano

Todo era felicidad en Managua, todo hasta que apareció El Grinch de Santos en televisión, no lo digo por la cara sino por dañar la festividad, en un discurso fluido, propio de las capacidades retóricas de nuestro presidente, dejó entreabierta la posibilidad de desacatar el fallo de la Corte Internacional de Justicia. Daniel no lo soportó, cegado por la ira ordenó enviar toda la flota de la Armada nicaragüense al meridiano 82, tomaría a la fuerza lo que por derecho ahora era suyo. No es por asustarlo querido lector, pero en este mismo momento en el cual usted está degustando este texto rico intelectual y gramáticamente, se acercan al meridiano, a paso lento pero seguro, una flota de cuatro chalupas, dos canoas y un velero que buscan quedarse con el control de las aguas colombianas, ¡Qué miedo!

Ahora, no entiendo por qué la sorpresa del gobierno Nicaragüense. Si países como Estados Unidos y Francia desacatan las sentencias de La Haya ¿Por qué Colombia no puede hacerlo? No somos potencia, es más, hasta de impotencia sufrimos, pero las leyes son para todos, o sino que lo diga el senador Merlano y sus 50.000 votos.

En mi humilde opinión, Colombia debería desobedecer el fallo, pero no ser indiferente con los intereses nicaragüenses. No les daremos los cayos de Quita Sueño y Roncador, pero les podemos enviar los índices de popularidad del presidente Santos, eso le quita el sueño a cualquiera. Y en vez de Roncador, bueno, tengo a más de un alcalde y juez colombiano que cumplen con esta condición.

¿Quiénes son los más felices con el desacato? Los pescadores sanandresanos a los que ya les está saliendo callo en las manos por estar encerrados en casa. ¿Quiénes son los más perjudicados? Los contrabandistas caribeños que navegarían libres por aguas pinoleras, sin la presión que ejerce sobre ellos la política de seguridad del gobierno colombiano.

Lo único cierto es que hoy, San Andrés, Providencia, Santa Catalina, los cayos y el espacio marítimo hasta el meridiano 82, son de Colombia. Mañana, todo puede cambiar y retazo a retazo nos vamos quedando sin la franja azul de la bandera colombiana.

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A Luna le duele la vulva (Parte II)

noviembre 19, 2012 Deja un comentario

Hilenis Salinas

SIN TINTA

Sin novio y sin geles, Luna volvió a la clínica especializada en dolor, le sumaron los nuevos síntomas a la historia médica  y le entregaron los resultados de los exámenes.

– El nombre propio de mi enfermedad era Síndrome de Vestibulitis vulvar o SVV.

El SVV lleva ese nombre porque el  centro del  dolor se halla en la sección de la vulva llamada Vestíbulo. Las causas de él pueden ser desde un trauma  por golpes, antecedentes  de una cirugía en la zona vulvar, infecciones, espasmos, irritaciones o  enfermedades como la Diabetes. Luna no recuerda haber tenido ninguno de esos antecedentes, por lo que sigue siendo difícil su tratamiento.

– Ese día caí en depresión. Leí en un foro que las mujeres con Vulvodinia se sentían mejor cuando descubrían la enfermedad, porque dejaban de sentir que estaban enloqueciendo o que el dolor que sentían era culpa de su mente. Pero yo desde que supe que mi enfermedad tenía un nombre, he estado peor.

Luna duró una semana sin ir a trabajar y sin contestar las llamadas telefónicas. Se acostaba en la cama con las piernas abiertas y solo se levantaba para buscar algo de comer. Le parecía increíble estar sufriendo de una enfermedad que coartaba su vida de una manera tan radical; se sentía mutilada e incompleta, pero sobre todo, Luna se sentía desesperanzada.

No era posible- pensaba- que algo que alteraba tanto su vida no pudiera tener una solución. Habían pasado siete meses desde el diagnóstico de su enfermedad y hasta entonces lo único que Luna había conseguido era tener una crisis mayor a las que tuvo antes.

Se había alejado de sus amigos y entonces solo hablaba con su mamá, que vivía en otra ciudad.

– Mi novio me dejó, fingiendo que estaba indignado por no haberle contado nada. En la reacción que tuvo cuando escuchó el nombre de mi enfermedad se vio que lo que lo aterró fue vivir con una mujer como yo. Era obvio que no le iba a pedir que se quedara conmigo, el sexo, que parecía ser lo único que le importaba, ya no lo podría disfrutar igual. Yo debía someterme a estar sola.

Según la NVA, uno de los efectos colaterales de la Vulvodinia es la soledad. Como Luna, cientos de mujeres prefieren el anonimato y la intimidad antes de correr el riesgo de volver a ser rechazadas por su enfermedad.

– Salir con alguien, establecer una relación y tener el temor  de que en algún momento debes sentarte con él y decirle tu pequeño inconveniente es una situación en la que no quería  volver a estar-  concluye Luna, con los ojos cristalizados.

Para efectos de su salud y de su soledad, Luna se mudó a una ciudad más cercana a la clínica de dolores. Tras varios meses de estudios exhaustivos, su médico le pidió que fuera a su consultorio para darle una información importante de su caso.

Luna llegó quince minutos antes de la hora de la cita y la secretaria la hizo pasar en cuanto llegó. Se sentó frente a su médico y lo miró con curiosidad.

– Son los nervios- le dijo él emocionado- dos nervios de tu zona vulvar están en una constante irritación, eso es lo que produce el dolor en el vestíbulo.

Luna lo miró sin el más mínimo asomo de emoción.

– Entonces nos vemos en la próxima cita- se levantó de la silla y salió del consultorio.

No le dijo a nadie ni se alegró. Quedaban todavía más años de tratamiento y dolor, porque tal y como se lo había dicho su ginecólogo, que descubrieran el motivo de la enfermedad tampoco era garantía para su curación.

Categorías:Hilenis Salinas, Salud

A Luna le duele la vulva (Parte I)

noviembre 17, 2012 3 comentarios

Hilenis Salinas

SIN TINTA

Según la Asociación Nacional de Vulvodinia, NVA, una de cada cuatro mujeres en el mundo sufre de dolor crónico en la zona vulvar. Una mujer puede tardar años en ser diagnosticada con esta enfermedad.

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La Vulvodinia

 

El 31 de diciembre de 2009 Luna Romero fingió un orgasmo por última vez. Simuló una leve convulsión y gimió exageradamente para quitarse de encima a un amante casual que había encontrado en la fiesta de fin de año de su conjunto residencial. Cuando volvieron a la fiesta, ella se fue directamente a casa y recibió el nuevo año, desnuda sobre su cama, adolorida y cansada.

Llevaba cinco años repitiendo la misma escena y estaba quince veces más cansada que la primera vez. Mientras se aplicaba un ungüento en el clítoris, decidió que le daría una nueva oportunidad a su vagina, pero esta vez no con un amante, sino con un profesional.

A Luna le duele la vulva. Cada vez que algo la toca -dedos, uñas, manos, consoladores, penes- siente un agudo dolor que recorre toda su zona pélvica y se le hace realmente insoportable. Nunca ha tenido un orgasmo y las únicas dos veces en que el sexo no le ha dolido, estaba demasiado borracha como para recordarlo. Luna tiene 39 años, es administradora de empresas, está soltera y no sabía que sufre de Vulvodinia.

Pasaron quince años desde su primera relación sexual para que alguien descubriera la verdadera enfermedad de Luna. El primer ginecólogo al que acudió le dijo que su problema era psicológico, este la remitió a un psiquiatra que le recetó  un tratamiento que no sirvió de nada. Entonces este le dijo que era frígida y que por eso no disfrutaba su sexualidad.

– Después de lo que me dijo el psicólogo, fui adonde una experta en sexualidad femenina, para que me ayudara a cambiar esa condición en mí. Fue ella, que no es ginecóloga ni médico, la que me dijo que yo podía estar sufriendo de Vulvodinia.

Al volver a casa, Luna encendió su computador y digitó en el buscador la palabra que su terapeuta le había mencionado: “¿vuldovinea? ¿vulvo qué?” Había olvidado el nombre de la enfermedad, pero el corrector de Google la ayudó. Encontró cientos de páginas que hablaban de la Vulvodinia, y en ellas palabras que se le hacían extrañas, pero con las que debía empezar a relacionarse: soledad, depresión, tristeza, vergüenza…

Según la Asociación Nacional de Vulvodinia, NVA por sus siglas en inglés, una de cada cuatro mujeres en el mundo sufre de dolor crónico en la vulva. Los síntomas de la enfermedad –irritación, dolor, quemazón, entre otros- son tan comunes que se pueden confundir con cualquier infección o enfermedad leve de la zona vaginal.

El ginecólogo Henry Annan, experto en dolores vulvares, asegura que  el costo más alto de la Vulvodinia es la depresión.

– Las mujeres que sufren de esta enfermedad se sienten mujeres incompletas. No pueden desarrollar su sexualidad libremente ni dar placer a sus parejas. Lo que resulta de eso es una mujer que se siente fracasada en su vida personal.

El caso de Luna es un poco distinto, ella sí ha dado placer a sus parejas, pero con el precio de soportar el dolor  y callarlo.

– El momento de la penetración es terrible, lo ves a él disfrutando de estar dentro de ti mientras que tú sientes una brasa ardiendo dentro de tu vagina. Todo te quema, te duele, te arde. Es una experiencia horrorosa.

Después de saber de lo que sufría, Luna asistió a una clínica especializada en dolores. Supo entonces que conocer el nombre de su enfermedad no era suficiente para acabarla: le dijeron que la Vulvodinia, por lo general, era una enfermedad crónica, lo único que podían hacer era disminuir los síntomas.

La receta que le dieron fue más simple de lo que esperaba: mientras le hacían exámenes para definir los motivos de su enfermedad, Luna debía vivir con dos geles, uno analgésico y otro anestésico, que no le solucionarían el problema, pero sí le quitarían el dolor temporalmente.

– Los geles funcionaron muy bien por unos meses. Empecé una relación estable con un compañero de trabajo y me aplicaba el gel anestésico antes de cada relación, seguía sin tener orgasmos, pero siquiera no dolía.

Hasta una mañana en que Luna no se pudo levantar de la cama por el dolor que sentía y su novio la llevó a la clínica más cercana donde le hicieron una historia médica  por “un extraño dolor pélvico”. Cuando Luna corrigió al médico que la atendía, diciéndole que su enfermedad en realidad se llamaba Vulvodinia, su novio la miró aterrado y le preguntó si en verdad existía algo con ese nombre.

Continuará

El Reto de Explorarnos

noviembre 16, 2012 6 comentarios

Juliana De Ávila

SIN TINTA

Estoy frente al espejo de mi baño. Aún adormitada, comienzo a quitar lentamente mi pijama. Estoy completamente desnuda. Intento abrir los ojos y deshacerme un poco de la pereza, esos restos de telarañas que quedan después de ocho horas de sueño ininterrumpido. Frente a mí, mi reflejo. “Soy demasiado linda” digo mientras sonrío, ahora sí estoy despierta. Miro fijamente mis senos por un par de segundos. “Simétricamente correctos, proporcionalmente satisfactorios” digo mientras asiento con la cabeza, como quien chequea una lista. Ahora ubico las manos detrás de mi cabeza y mientras hago un ligero movimiento hacia el frente sigo observándolos, repito el movimiento con las manos en la cintura. “Se mueven con gracia y precisión”, registro en mi libro de observaciones matutinas.

Sigo contemplando mi reflejo y mis senos, no me había dado cuenta lo provocativos que son. Ahora puedo entender por qué Andrés no puede dejar de tocarlos y acariciarlos cuando tenemos sexo, pensé que era un fetiche personal. Lo entiendo, si fuera él haría lo mismo. Dejo de pensar en él y vuelvo a mis senos. Levanto mi brazo izquierdo, poniendo mi mano detrás de mi cabeza. Con mi mano derecha comienzo a tocarlo lentamente. Voy de afuera hacia adentro. Cierro los ojos mientras llego a mi pezón. Él se endurece, mientras yo lo toco lentamente. Lo suelto y regreso a la base. Así repito la sensación, el tacto y los movimientos con mi otro seno. Sería injusto si solo uno recibiera la exploración. “Perfecto” me digo en voz baja. Entro a la ducha.

Ya limpia, en mi cuarto y aún desnuda, me acuesto boca arriba sobre mi cama. Me acomodo y sigo mirando, ahora desde otra perspectiva, mis senos. “Hermoso” repito mientras ubico mi brazo izquierdo debajo de mi cabeza. Mi mano derecha entra en acción. La deslizo suavemente por la base de mi seno y con movimientos circulares voy llegando al centro. Cierro los ojos. Siento cada paso de mi mano, siento la suavidad de mi piel, mi pezón asustado, endurecido por el frío y el momento. Abro los ojos y sonrío. Ahora mi seno derecho. Como le digo a Andrés cuando se aferra a uno solo, “mi otra parte también quiere ser consentida, y es celosa” pienso mientras lanzo una carcajada. Está bien. Alzo mi brazo derecho y mi mano izquierda comienza a explorar. De repente, algo me detiene. Aún no he avanzado lo suficiente y siento en el espacio entre mi seno y mi axila algo extraño. Es una pequeña masa circular, dura, horrible. No estaba ahí la última vez. No continúo. Me levanto rápidamente. Me visto y salgo de mi habitación.

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Prima Nudista – Julio López Morata

Voy a la cocina y me sirvo un vaso gigante de agua. Lo tomo lentamente. Al tiempo mis ojos se llenan de lágrimas, se enrojecen. Rompo a llorar. Toda mi vida he temido por encontrar algo extraño en mi cuerpo. Un bulto en el seno mató a mi madre, a un par de tías y a una prima. Cáncer. Continúo llorando por un par de minutos. La cabeza agachada y el vaso aún en mi mano. “No, seguro es otra cosa” me digo intentando controlar mi llanto. Seco mis lágrimas y me dirijo al estudio. Enciendo el computador. Espero dos minutos que se sienten eternos. Ya está. Abro el explorador, y tecleo en google “bulto entre el seno y la axila”, las cinco primeras recomendaciones me producen un llanto ansioso y difícil de frenar.

“Bulto en el pecho cerca de la axila…cáncer de mama?”  Es la primera recomendación arrojada por el buscador. Ingreso a la página. Es un foro de preguntas y respuestas, una niña de 18 años, solo cuatro años menor que yo, cuenta como percibió en su pecho un pequeño bulto y pregunta qué debe hacer. Las respuestas no son alentadoras  “Puede ser cáncer de mama” y “Quizá necesites una operación y  tratamiento” eran las respuestas que una y otra vez se repetían en este espacio. Cierro la ventana.  La segunda recomendación es más fría, seca y directa “Diez síntomas de cáncer de mama”, el primero es el bulto que puede o no ser doloroso. Luego se despliegan nueves más que incluyen cambios en la forma y tamaño de los senos, cambio en la piel, secreción, sangrado vaginal y dolor en el acto sexual.  Comienzo a tranquilizarme, solo reconozco uno de los síntomas mencionados. Me quedo pensativa. Qué posibilidades hay de que una mujer de 22 años, sufra de esa enfermedad. No es acaso una enfermedad que se produce en mujeres de mayor edad, es acaso posible, me cuestiono.

Después de unos minutos, sé lo que debo hacer. Debo saber cuál es mi nivel de riesgo. Vuelvo a google. Tecleo “Factores de riesgo de cáncer de mama”. Abro la primera recomendación y leo lentamente cada uno de los factores mientras chequeo cuáles me aplican. Ser mujer me pone en riesgo. Heredar la enfermedad uno de los padres, es totalmente posible. Mis antecedentes familiares me ponen más cerca de la línea roja. Menstruación temprana, sí. Toda que haya iniciado antes de los 12 años es considerada “temprana”. La mía llegó a los nueve, junto con mis senos, “malditos senos” digo entre sollozos. Tan solo 15 minutos transcurrieron entre las búsquedas, la primera me dio ánimos. Esta me ha dejado destrozada. Soy una mujer en riesgo, incluso si lo que hay en mi seno, no es un cáncer. He comenzado a llorar nuevamente. Apago el computador de un tirón y me encierro en el baño durante un par de minutos.

Entro a mi cuarto. Me recuesto en mi cama, esa en la que descubrí mi fatídico final. Pienso en cómo dar la noticia. La cara de mis tíos, mi padre, mis hermanas, mi novio. Pensar en no poder ver más la cara de mis sobrinas, la fiesta de quince años prometida. Me perderé de todo. De las sonrisas, los cumpleaños, los carnavales y la fiesta de fin de año. Seré dentro de poco, una cifra. Una estadística. Dentro de poco, los reportes  tendrán una milésima más en sus cifras, seré uno de esos 5.526 casos anuales de cáncer de mama y posiblemente, en algún momento, que espero no sea prolongado, seré uno de los 2.253 fallecidos al año por esta enfermedad. Espero que no sea tan doloroso.

 Son las 10 de la mañana. Tomo el teléfono y aparto una cita con mi médico. Si daré la noticia, debo hacerlo de forma oficial y con muestras. No dejo de pensar en la cara de Andrés, sé que dirá que me apoyará, pero sé que al tiempo querrá irse, con una con senos normales y ya no le importará o no verá lo provocativo en los míos. Listo. Logré tomar cita prioritaria, es en dos horas. Sin ganas, me cambio y me aplico algo de maquillaje. Decido no peinarme. Ato con una banda mi cabello, tomo mis llaves y salgo de la casa. Doy unas vueltas en el centro comercial antes de la hora de mi cita. Intento dejar de pensar, por lo menos por un par de minutos, es imposible. Ya son las 11:30, mi cita es en 15 minutos.

Delante de mi doctora, rompo a llorar. Le cuento paso a paso mi mañana, lo que sentí en mi seno, lo que busqué en internet y lo que no dejé de pensar. Ella me mira preocupada. Sin rodeos comienza a hacerme preguntas. Hablamos de mis antecedentes, de mi vida sexual y mis cuidados físicos, de repente, interrumpiendo mi historia familiar, pregunta “¿Cuándo fue tu última menstruación?” me dice mientras me mira con curiosidad. “Me vino ayer” le respondo. Ella sonríe. Yo no entiendo. Sin decir más pide que me acueste en la camilla. Me explora. Pregunta insistente si así es como lo hago cada mañana. Asiento con la cabeza. Es justo así como lo hago. Me pide que me vista y se sienta nuevamente frente a mí.

“Lo que tienes es una hinchazón normal” dice sonriendo, “te felicito por hacerte el autoexamen, muchas no saben cómo” continúa. Yo aún no entiendo. Hago un gesto de duda, tuerzo mis labios, alzo mis hombros. Ella responde “Cuando tienes la menstruación, tus senos sufren leves transformaciones. Por eso, no se hace el autoexamen durante el periodo menstrual”  dice con una sonrisa en los labios. Yo, me siento tonta. Agacho la cabeza y sonrío levemente. “Eso no te lo dijo google o sí” remata.

Pescador de Sueños

noviembre 11, 2012 2 comentarios

Redacción

SIN TINTA

“La ciudad es más que lo que nos venden, más allá de las murallas, fuertes, plazas y parques,  Cartagena  encierra los rostros de personas que se convierten en parte del paisaje que se vende en el exterior y que la convierte en una ciudad de ensueño. Dentro y fuera del Centro Histórico, la imagen de estas personas se plasma en nuestra mente, por eso queremos conocer la historia que hay detrás de su rostro”

Fermín Gómez Acevedo

54 años

Pescador.

La   silueta de un hombre de tez bronceada y cabello gris llega a las playas de la Tenaza, sobre la Avenida Santander a las 4 de la mañana. Su nombre es Fermín Gómez Acevedo, y llega a dedicarse a la pesca, oficio que con el paso de los años se convirtió en su mayor pasión.

Lo primero que hace, es compartir junto a los otros pescadores las historias de la ciudad, tomar un café y preparar sus herramientas para embarcarse en su viaje diario hacia las profundidades del Mar Caribe.

La vida de Fermín parece estar realizada,  sabe que si atrapa cien pescados, de ellos sale la comida de su familia, porque cuando llega a su casa en Fredonia, sector del barrio Olaya Herrera, “donde el agua llega con sed”, lo esperan sus dos hijos menores y sus siete nietos, con una sonrisa que lo alimenta para seguir adelante.

Cuando tiene listo su nylon y su anzuelo número 11 y una caba llena de carnada, para engañar a su presa, Fermín se  persigna, para que Dios sea su compañero de lancha, se deja llevar por la brisa y se adentra en la inmensidad de su maestro: el  mar.
Sí, el mar ha sido su única escuela y aunque en principio no era lo que quería para su vida, su padre le enseñó y transmitió el gusto por él. Desde los 12 años, sus días transcurren entre la pesca y el comercio de especies marinas.

Hoy, Fermín parece golpeado por los años, su piel  muestra las primeras arrugas y el cansancio de la extenuante rutina se hace evidente en su caminar, pero con el tiempo le ha tocado aprender a amar la pesca y ejercer este oficio bíblico, lo alimenta cada día más y le enseña a conocer todas sus particularidades. Para él, la pesca más que una forma de trabajo, es una actividad que alimenta sus sueños y los de su familia.

René Plátano

noviembre 11, 2012 1 comentario

Emperatriz Alquerque

SIN TINTA

René plátano nació en Cartagena hace 45 años, vive en el barrio Olaya Herrera y lleva 19 años de su vida dedicado a la venta de plátanos. Vive hace 35 años con Teresa, quien le ha dado 5 hijos: Etelvina, de 24 años, Rigoberto, de 22, Roquelina, de 18, Andrea, de 17 y Carlos de 14. Ellos se han convertido en la razón para que José, a pesar de lo duro que es trabajar en la calle, salga e inicie todos los días la aventura.

A las 4 de la mañana, luego de bañarse y tomar el café con su mujer, José toma un bus que lo conduce  al Mercado de Bazurto, donde compra los plátanos, siempre tratando de  conseguir el mejor precio por unidad, sin dejar de lado el tamaño del plátano;  porque este termina siendo un factor determinante en la venta  y el éxito de esta. Luego de comprar los plátanos, a eso de las 7.00, José se dirige a la calle El Paraíso, en busca de su carreta para salir  a vender, ubicándose a lo largo de la antigua avenida Cordialidad, donde circulan  sus clientes fijos (caseros) y ocasionales (transeúntes)

La modernidad que Transcaribe promete para nativos y extranjeros va en sentido contrario a los ingresos de José, pues sus ingresos han disminuido desde que empezaron los arreglos en la vía, hace 18 meses, no puede llevar los mismos $45.000 que llevaba antes a su hogar al final del día.

José espera y se pregunta  si cuando terminen los arreglos en las vías regresará la rentabilidad de su negocio, porque según él, “el espacio público sigue siendo público tanto para transitar como para vender. Los que se quejan ni siquiera son los mismos transeúntes que nos compran los productos que vendemos, sino el gobierno que no deja trabajar y hablan en nombre del espacio público cuando nosotros, que somos un grupo grande de trabajadores informales, también somos público y más grande que el público privado que defienden cuando inician grandes obras de construcción”.

Bufandas: entre Moda y Salud

noviembre 5, 2012 1 comentario

Emperatriz Alquerque

SIN TINTA

La bufanda es una pieza textil y un complemento que  varía según la confección y el material utilizado en su elaboración; ya sea  lana, algodón, acrílico y otros.

Yina Hernández, Julia Jiménez, Antonio Canchila y Emperatriz Alquerque

La bufanda se ha llegado a convertir en un factor determinante en la moda de mujeres y hombres, incluso en algunas culturas y religiones; así en la cultura hindú, dependiendo de los colores de esta prenda, se dice que es una señal de un hombre a una mujer que representa sumisión amorosa.

Por otro lado, es considerado como un elemento muy útil para aquellos climas fríos. Pues al acomodarla alrededor del cuello brinda calor y protege las cuerdas vocales y todo el conducto respiratorio. En el mercado, su precio varía  según donde se compre, “si se compra en un almacén reconocido  puedes pagar hasta ciento veinte mil pesos o en una venta callejera (comercio informal) te puede costar la módica suma de diez mil pesos”, afirma Cirleyda Tatis,  estudiante de Comunicación social en su última visita a la ciudad de Bogotá.

Este prenda de vestir se dice que llegó  a América en la época de la conquista española en el siglo XVI y desde esa fecha ha  estado presente en toda clase de eventos por ser un accesorio que permite ser combinado con cualquier tipo  de vestuario, desde eventos académicos o laborales del diario vivir hasta los mas divertidos como en deportes y por qué no, también en los eventos más elegantes.